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Lágrimas que curan

Lágrimas que curan

Hay lágrimas que curan, hay lágrimas secas, hay lágrimas de sufrimiento y también están las lágrimas ausentes.

Hoy quiero hablarte de esas que curan, de esas que cuando solo empiezan a negar nuestros ojos, a bañarlos de humedad, mucho antes de que empiecen su imparable y esperado descenso recorriendo pieles vividas, saltando a ese vacío sin fin… Uno ya sabe que está sanando algo.

Muchas veces ha habido no lágrimas, lágrimas secas, lágrimas de sufrimiento que posponían, escondían esas lágrimas que curan, que sanan heridas, que regeneran, aligeran y sosiegan el alma.

Pues esas, esas lágrimas se lloran solo una vez. Son lágrimas que dejan una mirada nítida, profunda y limpia. Esas lágrimas abren nuevamente el diafragma, el pecho y la garganta. La cabeza recupera su verticalidad, los pulmones y bronquios vuelven a estar disponibles para llenarse de aire renovado. 

Son lágrimas que nos devuelven a la vida, esa vida en la que el placer y la felicidad conviven con el dolor y la vulnerabilidad.

Y entonces, ¿por qué no las lloramos?

Aprendimos a evitar el dolor. En nuestra cultura todo está preparado en el ámbito familiar y social, para vivir en una ficción de felicidad. Y el precio de no saber, porque no sabemos contactar con el dolor, es el sufrimiento.

El dolor llega y se va, ocurre con el acontecer de la vida. El sufrimiento, en cambio, vino para quedarse: cerramos los ojos a eso que ocurrió, no lo dolemos (porque no aprendimos a hacerlo) y se enquista en el cuerpo, y se nos encharca la vida de lágrimas no lloradas, y zozobramos, y nos ahogamos.

Los procesos terapéuticos, avatares imprevistos de la vida, la poesía, una experiencia mística, ver la muerte de frente… Nos muestran el camino de las lágrimas que curan.